lunes, 29 de septiembre de 2014

Editar en malos tiempos (2): El papeleo.

Como se puede intuir, por el título del artículo, la poesía va a escasear en estas líneas –como seguramente ocurrirá en el resto de aportaciones a la serie-. Sin embargo, hay aspectos imprescindibles que debemos tratar a la hora de afrontar el trabajo de editor. Una cosa es una autoedición (en plan yo me lo guiso, yo me lo como) en la que un autor se edita un libro y se lo gestiona sin más trascendencia, y otra muy distinta es abarcar la edición de una colección, de varios títulos, de revistas, de obras diversas, etc... en la que se ven implicado un grupo de autores. En este caso, existirán relaciones comerciales, tanto con las imprentas como con los clientes directos y con las librerías que colaborarán a la hora de distribuir los libros (eso si optamos por suprimir el paso intermedio de la distribuidora). Todo este conjunto de relaciones comerciales dan lugar a las correspondientes facturaciones de proveedores y de clientes. Así las cosas, no tenemos más remedio que dar forma “legal” a nuestra editorial. 

En el caso de Letras Cascabeleras, pensé diferentes opciones: la primera de ellas fue la de crear una empresa, pero con la que está cayendo -y con el principal objetivo de solo cubrir gastos- no era lo más adecuado ni tenía sentido embarcarse en tal aventura. Lo mismo ocurrió con la idea de darme de alta como autónomo (enseguida vi en el horizonte una serie de pagos que no podría asumir de ninguna manera). Todo hay que decirlo, en mi caso cuento con un trabajo remunerado (que no tiene que ver con el mundo de la edición, y menos de la poesía) que me sirve para pagar las facturas de mi casa y llenar la nevera. Por eso había que pensar en otra opción. 

Miré alrededor, observé lo que otros habían hecho y lo tuve claro: crear una asociación cultural sin ánimo de lucro. Para ello solo hay que buscar a un par de amigos que quieran colaborar, redactar unos estatutos (existen modelos en internet en los que solo hay que variar unas cuantas cosas para adaptarlo a las particularidades de cada caso), redactar el acta fundacional y darse de alta en el registro administrativo correspondiente de la Comunidad Autónoma. 

Una asociación cultural puede tener relaciones comerciales, actividad económica, recibir y emitir facturas... como si se tratara en realidad de una empresa, pero sin los requisitos de esta. El que no exista ánimo de lucro, quiere decir que el beneficio, si lo hubiera, no se puede repartir entre los socios (como sucedería en una empresa), sino que hay que invertirlo en nuevos proyectos. Esto no significa que una asociación no pueda tener empleados a los que pague su nómina y seguros sociales (aunque no es nuestro caso, pues trabajamos solo por el placer de hacerlo y nuestros recursos no llegan para contratar a nadie, de momento). 

El siguiente paso sería darse de alta en la Agencia Tributaria, solicitando el CIF correspondiente y el alta en el IAE (Impuesto de Actividades Económicas) con el epígrafe adecuado. En nuestro caso, la actividad económica es la edición de libros y revistas. Hay que señalar que, como existe una actividad comercial, debemos hacer las declaraciones trimestrales del IVA, así como el resumen anual. Hoy en día todos estos trámites se hacen vía telemática con el certificado electrónico que hay que solicitar a la Agencia Tributaria a nombre de nuestra asociación. 

Y con esto que he contado, en líneas generales, ya tendríamos la infraestructura necesaria para empezar a funcionar sin muchos quebraderos de cabeza. En esta dirección que os dejo a continuación encontré información que me ayudó bastante y que seguramente os sea útil: http://www.asociaciones.org/guia-de-gestion/asociaciones.

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