lunes, 22 de septiembre de 2014

Editar en malos tiempos (1)

Septiembre se ofrece, una vez más, como un punto de partida necesario. Hay cierto aroma a goma de borrar, a lápices y a libro nuevo que está grabado en la memoria de los que hemos vivido varias decenas de comienzo de curso. Y aún hoy sigo viviendo cada septiembre la misma sensación, no esta vez en piel propia, pero casi, pues con dos hijos en el instituto uno se convierte en un observador privilegiado desde primera línea de trinchera, aunque ya no entre en combate.

Aprovechando la fecha, como si de un año nuevo se tratara, inicio también esta etapa en la Galla Ciencia y quiero, o al menos pretendo, relatar desde este rincón mi experiencia -microscópica- en el mundo de la edición independiente, sin otro afán que el de compartir conocimiento, contar aquello que me ha sido útil y que a otro le pueda servir de algo, incluyendo los errores, porque de todo se aprende, por supuesto, y también he aprendido de los errores de otros, para no cometerlos o para tropezar en la misma piedra -humanos somos-.
 
Todo empezó hace ya unos años, cuando yo desconocía la materia de la que estaba hecho el suelo que pisaba. Por entonces, tenía la ilusión de sacar algo a la luz -creo que era un colección de relatos breves o tal vez un conjunto de poemas sin pies ni cabeza-. Tenía un conocido que trabajaba en una imprenta del barrio y, con la inocencia que da la inexperiencia y cegado por la ilusión, le pregunté por cuánto me podía salir imprimir cien ejemplares de aquello. No recuerdo el presupuesto que, así por encima y sin dedicarme mucha atención, me arrojó como una piedra, pero la cifra estaba muy lejos de mis posibilidades y de lo que yo había imaginado. Además, había un montón de cuestiones de las que me hablaba que me sonaban a “chino”. Ni que decir tiene que de aquello no salió nada, y menos mal, porque a todos nos ha pesado como una losa alguna primera obra publicada con precipitación desbocada, losa que se puede convertir también en la lápida que cubra la tumba en la que se entierra para siempre nuestro intento de hilar unas letras y mostrarlas al mundo. Y este, precisamente, es uno de los primeros consejos, que repito sin cesar: prudencia, despacio... ¿qué prisa tienes?
 
Pasado el tiempo -que todo lo cura, dicen-, conocí a otras personas que hacían algo que estaba cerca de mi vocación: pequeños editores independientes que, sin muchos medios y con muchas ganas e imaginación, sacaban adelante proyectos más o menos acertados que despertaron mi interés. Como una esponja en mitad del desierto, me dediqué a absorber cada gota de humedad que se respiraba en el ambiente, sin tener, al principio, muy claro para qué, tal vez tan solo por la atracción que me provocaba el oficio que ejercían.
 
Ahora, como he dicho antes, intentaré de alguna forma devolver todo lo que me fue dado y todo lo que he ido aprendiendo -y aprendo- por este camino que he elegido, en el que sigo con los ojos y los oídos bien abiertos para empaparme también de la experiencia y las enseñanzas de otros con más trayectoria y oficio. Durante varias entregas iré desarrollando algunos aspectos, creo que fundamentales -al menos a mi juicio- de la labor del editor independiente. Me sentiré muy satisfecho si alguna persona puede sacar provecho de mis humildes aportaciones.

3 comentarios:

  1. Enhorabuena por tan sincero artículo, desprovisto de toda petulancia. Te deseo suerte en tu proyecto lleno de buenas ideas.

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  2. Buen texto Victor. Seguro que con tus comentarios ayudas a muchos que se estan iniciando en esto de la edición.

    Saludos.

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